lunes, 14 de noviembre de 2011

Trabajo, sueldo, suerte y sus antagonistas

Hace ya tiempo que vengo escuchando discursos a favor y en contra de unas y otras políticas y unas y otras formas de entender la economía y en estos temas pasa como con los equipos de fútbol, es difícil que alguien admita algo bueno del rival.
Como no puede ser de otra forma, yo también tengo una cierta forma de pensar, tan válida como cualquier otra, pero más que de política, me gustaría divagar un poco sobre porqué los que tienen una buena posición económica y social creen que todos los que no tienen su misma posición son, sencillamente, vagos que no han sabido ni querido hacerlo tan bien como ellos.
En realidad todo esto viene a cuento de una serie de, a día de hoy, 3 artículos de un blog que sigo asiduamente, en especial este artículo. Tengo que decir que suelo concordar en los pensamientos del autor de ese blog, pero, como no puede ser de otra forma, no puede haber una coincidencia al 100% y, en este caso, creo que ni al 50%. En pocas palabras, pone un ejemplo de un profesor que, para explicar lo que es el socialismo, hace una media con las notas de todos los exámenes de sus alumnos desincentivando por tanto a los estudiosos a esforzarse en el siguiente, de manera que al final acaban todos suspendiendo. Es decir, según ese ejemplo, el socialismo se basa en que los que se esfuerzan en trabajar sustentan con sus impuestos a los que no les da la gana de trabajar.
Por supuesto que el socialismo no es eso en absoluto, aunque es comprensible que alguien tan influenciado por la cultura estadounidense como Elías sí lo crea, ya que en EEUU decir socialismo es poco más o menos lo mismo que decir Satán. De hecho entraron en guerras por acabar con el socialismo (en realidad el comunismo, aunque para ellos es lo mismo) como en Vietnam y la Guerra Fría contra la URSS, principalmente.
Pero si dejamos a un lado los prejuicios, las cosas son más simples. El socialismo no prevé dinero para los vagos, sino una cobertura razonable por si llegan las vacas flacas. Que tiene errores, por supuesto, que es mejorable, seguro, que hay corruptos, indudable. Pero todo eso también se puede decir del capitalismo o el neoliberalismo.
Aclarado ese punto voy a donde quería: siempre nos fijamos en las personas a nuestro alrededor a los que les va mejor que a nosotros. Nunca nos fijamos en aquellos a los que les va peor. Nos pasa a todos. Yo no pienso que tengo un buen trabajo y un sueldo razonable, pienso que, para la formación que tengo, cobro muy poco. Pero si mañana me ofrecieran un trabajo en el que gano el doble, pensaría que me lo merezco y a los 6 meses estaría mirando a mis jefes y pensando en porqué no gano más. No pasa nada, eso es lo que nos hace mejorar y evolucionar. No nos conformamos.
Pero ya que somos seres con capacidad de razonar, deberíamos usarlo. No sólo hemos evolucionado a base de egoísmo, también a base de colaborar (y esto es algo que Elías menciona en su blog y con lo que coincido). ¿Por qué nos cuesta tanto usar la empatía? Seguro que todo el mundo conoce a alguien listo, con formación, con experiencia, que ha intentado trabajar de la mejor forma posible y aún así no consigue un trabajo acorde a su preparación o, peor aún, no consigue trabajo. A alguien ahogado en deudas que ha trabajado toda su vida como un mulo y tiene un sueldo modesto, a alguien que tiene la misma o mejor preparación que tú y sin embargo cobra mucho menos.
Una explicación sencilla: el factor suerte también existe. No basta con tener preparación, experiencia, soltura en idiomas... hay que estar en el momento justo y en el lugar adecuado (y no hablo ya del factor padrino). Por supuesto que si tienes todos los ingredientes es mucho más fácil que surja una o más oportunidades, pero no tienes ninguna garantía. A todos nos encanta leer las historias de éxito de Bill Gates, Steve Jobs, Amancio Ortega... que iniciaron su andadura profesional con nada y acaban con miles de millones fruto de su trabajo y de unas mentes empresariales privilegiadas, pero hay que recordar que, por cada historia de éxito hay miles de decepciones, de pérdidas y de sueños rotos.
Un ejemplo sencillo: ¿El inventor del teléfono? ¿Alexander Graham Bell? ¡meeeec! incorrecto. Fue Antonio Meucci y, de hecho, lo inventó mucho antes, pero no pudo reunir el dinero suficiente para materializar la patente de lo que él llamó teletrófono. Es más, se dice que a la empresa a la que se lo enseñó, no le devolvió los materiales, y a partir de ahí, Bell accedió a ellos y lo patentó como suyo. Es todo un ejemplo de que no basta con tener el talento y poner el trabajo, en este caso le faltó tener el dinero o más bien, una cobertura legal adecuada que premiara el trabajo y no la posición social o el dinero de la cuenta corriente.
Para todos esos que trabajan y que no obtienen una recompensa acorde, para los que pierden su trabajo, para los que no pueden pagar a tocateja una operación en la sanidad privada sencillamente porque todos no pueden ser millonarios... para todos esos debe haber una cobertura mínima. Ahí es donde fallan las políticas neoliberales y triunfa el estado del bienestar. No significa dinero para los vagos, sino cobertura para todos los que, en un cierto momento, tienen un bache.


Imagen de bttrepechin.
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